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Pelayo

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Primer Rey de Oviedo (718-737), según señala la Crónica Albeldense al situar, tras Rodrigo, el epígrafe Ordo gotorum obetensium regum (relación de los Reyes Godos Ovetenses), que inicia Pelayo. Fundador de la jefatura independiente del poder musulmán, bajo el cual se hallaba la mayor parte de la Península Ibérica desde la derrota del rey Rodrigo en la Batalla de Guadalete - 711 d.C.-, que dio origen al Reino de Oviedo. En el año 718 es elegido caudillo de los astures y de los hispanos-godos refugiados en Asturias, consiguiendo derrotar a los sarracenos en la Batalla de Covadonga. Batalla que para Claudio Sánchez-Albornoz habría tenido lugar en 722, mientras que historiadores más recientes han sugerido pudo haberse producido en el mismo año 718, tratándose en realidad la ofensiva de una respuesta a la elección de Pelayo.

La escasez de material documental de la época y las contradicciones entre las crónicas musulmanas y cristianas (las Crónicas Asturianas redactadas en el penúltimo decenio del siglo IX en el ambiente neogoticista de la corte ovetense), hacen que no estén claras ni la ascendencia ni las circunstancias históricas en que llegó a Asturias y fue investido rey. Posteriormente, las mistificaciones legendarias y las historiografías romántica y eclesiástica incrementaron el confusionismo; como reacción al mismo surge una línea interpretativa hipercrítica, defendida por Julio Somoza, que negaba la veracidad de la Batalla de Covadonga y la propia existencia de Pelayo basándose en que la crónica más próxima a los hechos, la Mozárabe o Continuatio Hispana de 754, no menciona nada al respecto. Tal silencio, sin embargo, no constituye de por sí una prueba concluyente, por cuanto que pudiera atribuirse a una minusvaloración interesada de los hechos por el autor.

La Crónica Rotense presenta a Pelayo como un noble godo, espatario de los reyes Vitiza y Rodrigo, sin mencionar su genealogía. Aunque, al relatar el diálogo de Pelayo con el obispo Oppas en Covadonga (ver: Batalla de Covadonga), cuenta que éste llamó al caudillo confrater (primo), con lo que Pelayo sería descendiente del rey Chindasvinto. Por su parte, la crónica Sebastianense dice que era hijo del dux Favila o Fafila, desterrado por el rey Egica a Tuy y asesinado por el hijo de éste, el futuro rey Vitiza –si se acepta esta versión parece difícil que Pelayo pudiera haber sido espatario, algo similar a un pretoriano, del matador de su padre como afirma el ciclo alfonsino-, quien una vez ciñó la corona expulsó de Toledo a Pelayo por considerarlo un virtual conspirador. Sin embargo, la Crónica Albeldense señala que Pelayo era hijo de Bermudo y nieto del rey Rodrigo. 

El nombre Pelayo (Pelagius) no es germánico sino latino, lo que para Garibay y Menéndez Pelayo apuntaría a un origen hispano-romano; a favor de esta hipótesis puede aducirse también que según la versión Rotense de la crónica alfonsina Pelayo es elegido caudillo en un concilium por los habitantes de los valles interiores del oriente asturiano (la versión erudita, Sebastianense, posterior, presenta notables divergencias en este punto: Pelayo habría sido elegido por la nobleza goda refugiada en la región y no por los pobladores), un proceso desconectado de cualquier mecanismo político visigótico, pero precisamente éstos, fundamentalmente vadinienses y organomescos (tribus más bien cántabras que astures, sobre las cuales la influencia romana y visigoda fue muy tenue), habían protagonizado una insurrección contra el rey Wamba veinte años antes, por lo que no parece plausible que escogieran como líder a un enemigo reciente. Asimismo, las crónicas cristianas y musulmanas dan cuenta de estrechos vínculos de Pelayo con Asturias: según el testamento de Alfonso III poseía tierras en Tiñana, Siero, cerca de Lucus Asturum; los cronistas musulmanes Al-Akir y Al-Nuwari citan un lugar conquistado por Muza entre los años 712 y 714 llamado Roca de Pelayo que algunos historiadores han identificado con el Cerro Santa Catalina de Gijón, lo que Pelayo pudiera haber sido también un jefe local. No hay en todo caso una opinión generalizada, si bien Sánchez-Albornoz, tras dedicar buena parte de su obra a esclarecer la cuestión, se inclinó por la versión clásica atribuyéndole filiación goda, no han dejado de sucederse hipótesis sobre un origen vasco, astur, lebaniego o gallego. 

Con respecto a la llegada de Pelayo a Asturias, según la Albeldense habría ido allí al ser expulsado de Toledo por Vitiza, por tanto antes de la invasión musulmana. La Rotense sitúa su llegada, acompañado de su hermana, en un momento en que Munuza era ya gobernador de Gijón. La erudita o Sebastianense no precisa el momento, posterior sin embargo a la invasión musulmana, refiriendo que tras la desaparición del Reino de Toledo parte de la aristocracia goda se refugió en las montañas asturianas y eligió como jefe a Pelayo. En lo tocante a la elección de Pelayo como caudillo, la Albeldense cuenta, sucintamente, que fue el primero en reinar en Asturias durando su mandato diecinueve años, y el primero en iniciar la rebelión contra los agarenos. La Rotense ofrece un relato mucho más amplio y detallado según el cual Pelayo habría sido enviado a Córdoba por Munuza con el pretexto de una comisión para contraer matrimonio con su hermana durante su ausencia –lo que no deja de tener lógica puesto que los musulmanes trataron de consolidar su autoridad política casándose con miembros de la aristocracia goda e hispano-romana-; Pelayo regresa de Córdoba en el verano de 717 y desaprobando el enlace se rebela abiertamente, por lo que Munuza solicita hombres a Tarik para apresarlo –Pelayo debía contar por tanto con algún grupo de fieles-. Acampado en Bres o Brece, identificado con Piloña, territorio de los luggones cuya capital era Beloncio, es descubierto por sus perseguidores iniciando una huída y logrando perderlos al vadear el río Piloña para internarse después en los valles del interior oriental de Asturias, cuyos habitantes celebraban un concilium. La narración de la Rotense cuenta a continuación la elección de Pelayo por parte de los reunidos en la asamblea, tras impresionarlos con una arenga en la que alentaba a la rebelión contra los sarracenos. Como ya hemos comentado la Sebastianense dice, lo que obedece seguramente al ambiente ideológico en que se redacta, que la elección de Pelayo habría correspondido a nobles godos y no a los naturales. Es interesante subrayar que Sánchez-Albornoz, sin prejuicio de considerar a la monarquía asturiana y al propio Reino de Oviedo como continuadores del Reino de Toledo, se decanta por el origen popular de la rebelión: “Pelayo, príncipe de los astures y no rey de los godos (…). Caudillo de una rebelión popular y no rey de una aristocracia dividida y vencida…” (El Reino de Asturias. Orígenes de la Nación Española. Colección Biblioteca Histórica Asturiana. Edición: Silverio Cañada. Gijón 1989. Página: 99). 

Sánchez-Albornoz considera que la elección de Pelayo debió tener lugar en 718, transcurriendo cuatro años hasta que el valí de al-Andalus Anbasa, elegido en 721, organizó una expedición de castigo a las órdenes del Alkama o Alqama, entre cuyos miembros habría ido según las crónicas alfonsinas el obispo Oppas, hijo del rey Vitiza. Tal interregno, cuestionado por algunos historiadores que fechan la Batalla de Covadonga en el mismo 718, se habría debido a que los muslines trataban entonces de conquistar la Galia y consideraban insignificante la rebelión astur. Alkama perece en la Batalla de Covadonga quedando mermados los efectivos musulmanes y huyendo los supervivientes a través de Enol y Bufarrera hasta llegar, tras vadear el río Cares y subir Amuesa, al valle de Liébana y después a Cosgaya donde según las crónicas fueron sepultados por un corrimiento de tierras. Enterado de la derrota, Munuza trata de huir cayendo en una celada en Olalíes o Olaya, en la que muere. 

Tras la victoria en Covadonga, Pelayo hizo extensiva su autoridad al menos hasta la cuenca del Nalón; estableció no obstante su corte en Cangas Onís, muy cerca de Covadonga para poder refugiarse de nuevo en los Picos de Europa en caso de incursión sarracena. Poco después entra en escena Alfonso, de estirpe goda, hijo del dux Pedro de Cantabria, y futuro Alfonso I que, según la Albeldense casó con la hija de Pelayo, Ermesinda, por iniciativa de éste. La Rotense relata que Pelayo, a cuyo incipiente núcleo de resistencia afluyeron nobles cántabros y vizcaínos y seguramente buen número de partidarios del malogrado Rodrigo que habían buscado refugio en la corte de Carlos Martel, logró junto a su yerno importantes victorias. 

Tras diecinueve años de reinado Pelayo fallece en Cangas de Onís siendo sepultado en la Iglesia de Santa Eulalia de Abamia, según la Crónica del obispo Pelayo, donde también sería enterrada su esposa Gaudiosa. Alfonso X trasladaría sus restos a la Santa Cueva de Covadonga, junto al Altar de la Santísima Virgen. A fines del siglo XVIII, se grabó el siguiente epitafio: «Aquí yace el santo rey D. Pelayo, electo el año de 716, que en esta milagrosa Cueva comenzó la restauración de España. Vencidos los moros, falleció el año 737 y le acompaña su mujer y hermana». La tradición le atribuye haber rescatado de Toledo las obras de San Isidoro, San Ildefonso y Juliano, así como las reliquias procedentes de Jerusalén, que permanecieron en Monsacro, Morcín, hasta que Alfonso II ordenó su traslado a la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo.  



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