Hijo de Felipe
III y de su esposa Margarita de Austria, nació en Valladolid en
1605. En 1621 alcanzó el trono, tras la muerte de su padre.
Casó dos veces, con Isabel de Borbón en 1615 y con
Mariana de Austria en 1648, de cuyos matrimonios nacieron doce hijos,
sólo tres de los cuales sobrevivió (María Teresa,
Margarita y Carlos II). Tuvo además un hijo fuera de sus
matrimonios, don Juan José de Austria (1629), con la actriz
María Calderón, alias "La Calderona", oficialmente
reconocido en 1642 pero rechazado que vio rechazada por su padre en
1663 su pretensión de ser considerado infante. Objetivo
prioritario de su mandato fue restaurar el poder del trono, que
había sufrido una merma considerable en el reinado anterior.
Delegó su poder en el poderoso valido conde-duque de Olivares
(1621-1643), con el fin de realizar un ambicioso proyecto de reforma
que afectaba a buena parte de las instituciones. Su primera labor se
centró en la Hacienda, en la que se intentó la
recuperación de rentas enajenadas, el control sobre el gasto
público, el ordenamiento y estructuración del sistema
impositivo, etc. En el ámbito económico, se
intentó importar el modelo mercantilista holandés y se
presentó el proyecto de la
Unión de Armas, cuya finalidad era ordenar y canalizar los
recursos provenientes de los territorios periféricos, necesarios
para mantener un ejército capaz de
hacer frente a los conflictos abiertos y, de paso, establecer la
periodicidad y seguridad de las entregas a la Hacienda real. El
proyecto de reformas se completó además con
las medidas moralizantes propuestas por la Junta de Reforma, entre 1618
y 1622. En 1624 la ideología reformadora se plasmó en el
Gran Memorial, cuyas grandes líneas de actuación eran la
consecución de una monarquía de corte administrativo,
dominada por la eficacia, y la racionalización de las acciones
de gobierno, encaminadas ahora hacia
el cumplimiento de objetivos y con criterios puramente ejecutivos. Sin
embargo, diversos problemas darán al traste con el proyecto
reformador. La cantidad decreciente de oro que llega al puerto de
Sevilla entre 1619 y 1621, la oposición de la Cortes a los
cambios en los impuestos, la oposición de las regiones a la
Unión de Armas y el enfrentamiento de los consejos al
Conde-Duque y a sus juntas, todo ello incidió para declarar la
primera quiebra de la monarquía en 1627, tras haber conseguido
dos grandes victorias militares en 1625 (Bahía y Breda).
Además, la intervención en Bohemia en 1618 y la no
renovación de la tregua de Amberes (1621), viciaron la
política exterior y supusieron un quebradero más de
cabeza para el gobierno de Olivares. La situación se fue
tornando de dramática a desastrosa.
A pesar del beneficio que en primera instancia supuso la quiebra, por
cuanto las primeras medidas - sustitución de los asentistas
genoveses por portugueses, súbditos del rey, y deflacción
de 1628- dieron su fruto y enjugaron algo el déficit, las
medidas y acontecimientos siguientes resultaron nefastos. Así,
entre 1621 y 1626 se procedió a acuñar moneda de
vellón en exceso; a la carísima intervención en
Mantua, siguieron las derrotas de Matanzas (1628), Hertogenbosch (1629)
y Pernambuco (1630), con la pérdida de la primera. Las medidas
no hicieron sino agravar la situación: la abolición de
los millones por parte de Felipe IV y el incremento excesivo del
monopolio de la sal en 1631
provocaron la rebelión en Vizcaya (1631-1634); los proyectos
de reforma quedaron definitivamente aparcados, instalada la
monarquía en un esfuerzo bélico que implicaba a todos los
territorios y que consumía los escasos recursos de la Hacienda.
En 1635 se inicia la guerra con Francia, un costosísimo
conflicto que ahondará la crisis de la monarquía,
obligada a recurrir a la venta de regalías y patrimonio de la
Corona, al papel sellado (1636), a
donativos y valimientos, y a la utilización de las Cortes para
aumentar los servicios. La acuciante necesidad de fondos incrementa,
además, la presión sobre una nobleza ya endeudada, sobre
la que recaerá la leva de tropas y la defensa del reino,
mientras que es alejada de la Corte por Olivares. Si bien el
desarrollo de la guerra fue en principio exitoso (Nordlingen, 1634;
Fuenterrabía, 1638), las medidas tomadas
para sufragarla provocaron las revueltas de catalanes y portugueses
(1640) y costaron el puesto a Olivares (1643). En su lugar, se
formó un gobierno de emergencia, tutelado por Felipe IV, quien
ya no volverá a dar el mismo grado de poder a ningún
valido. A pesar del cambio de gobierno, los problemas continúan.
La guerra prosigue y con ella la excesiva presión fiscal, que
dará lugar a una nueva quiebra en 1647. Las malas cosechas,
además, provocarán revueltas en Castilla (1647-52 y
1655-57) y Nápoles (1647). La guerra con Francia se había
vuelto
insostenible, por lo que se decide un cambio de política (paz de
Munster, 1648; paz de los Pirineos, 1659). La caída de Barcelona
en 1652 permitirán al rey recuperar parte del prestigio y
confianza perdidos y le facultarán para intentar en los
últimos años de
su reinado la recuperación de Portugal
(Elvas, 1658; Vila Viçosa, 1665). Falleció el 17 de
septiembre de 1665, dejando tras de sí una monarquía en
profunda recesión y crisis y con su autoridad fuertemente
cuestionada por nobles, ciudades y regiones.
|